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Una historia de Buda para la observación de las emociones

«La noche anterior a su iluminación, Buda libró una gran batalla con la deidad demoníaca Mara, quien atacó con todo lo que tenía al que por entonces era el bodhisattva Siddhartha Gautama: lascivia, codicia, ira, duda, etc. Tras su fracaso, Mara se sumió en el caos la mañana de la iluminación de Buda. Pero, al parecer, Mara sólo se dio por vencido momentáneamente. Incluso después de que Buda se volviera profundamente venerado por toda India, Mara siguió protagonizando apariciones inesperadas. Ananda, fiel acompañante de Buda siempre atento a cualquier perjuicio que pudiera sufrir su maestro, le informó consternado de que el «Maligno» había regresado. En lugar de ignorar a Mara o de ahuyentarlo, Buda aceptó su presencia con serenidad diciendo: «Te veo, Mara». Entonces lo invitó a tomar té y lo atendió como a un huésped honorable. Buda ofreció a Mara un cojín para que se sentara con comodidad, sirvió el té en dos tazas de barro, las colocó sobre la mesa baja situada entre ambos y sólo entonces tomó él asiento. Mara se quedó un rato y después partió, pero durante su visita Buda permaneció libre e imperturbable.

Cuando Mara nos visita, ya sea en forma de emociones inquietantes o de historias terribles, podemos decir: «Te veo, Mara», para reconocer con claridad la realidad de ansiedad y miedo que habita en el corazón de cada ser humano. Al aceptar esas experiencias con la ternura de la compasión, somos capaces de ofrecer a Mara un té en lugar de ahuyentarlo aterrados. Al ver la verdad, soportamos lo que vemos con gentileza. Expresamos ese desvelo del corazón cada vez que reconocemos y aceptamos nuestros sufrimientos y miedos.

Tenemos muy arraigada la costumbre de ser amigos benévolos de nosotros mismos (de ahuyentar o ignorar al máximo lo tenebroso). Pero, igual que la relación con una buena amistad está marcada por la comprensión y la compasión, podemos aprender a introducir esas mismas cualidades en nuestra vida interior. A través de la práctica espiritual aprendemos a hacernos amigos de nosotros mismos, de nuestra vida, al nivel más profundo posible. Trabamos amistad con nosotros mismos cuando, en lugar de resistirnos a nuestras experiencias, abrimos el corazón e invitamos de buen grado a Mara a tomar té.»

(Relato de Tara Brach en el libro «Armas de Titanes» de Tim Ferris)

 

¡Se feliz, haz el bien, y vive con conciencia!

Abrazo desde el alma ??✨

Silvio Santone

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¿Maestro o discípulo?

Todos somos maestros y discípulos a la vez, según el rol que decidimos asumir con cada Ser. Cada uno con sus experiencias, y aprendizajes, transita su camino. Solo hay que ser un discípulo del propósito de vida, y el maestro es instrumento para que lo logres. El maestro consciente sabe muy bien su rol y alcance.

No te compares ni te pongas la vara muy alta —el ego disfruta hacerlo—. Toma lo que te sirva de todo aquello que llega a tu vida a través de los maestros. Tienes virtudes/dones/talentos que el maestro no, y eso te hace único. Las formulas que a uno le ha dado resultado, no implica que sirva a otros.

El sabio toma lo mejor de aquellos con los que se identifica y lo adapta para si, a partir de su autoconocimiento. El sabio no copia por copiar. El sabio escucha, observa, comprende, internaliza, experimenta, y forma el hábito.

Todas las virtudes que reconoces en el maestro son las que tú también tienes, pero algo te frena, … de lo contrario no las verías. Tienes el potencial para alcanzarlo, y también trascenderlo, … entonces el trabajo se resume en entender cuales son las barreras internas que debes superar para lograrlo. El trabajo siempre es interior y se refleja en el exterior.

Empieza por adaptar el aprendizaje para ti, investiga, experimenta, a prueba y error hasta que te sientas bien con ello, y se forme el hábito.